LOS MODOS DE COMBATE Y HOLLYWOOD: ROMA

Como no podía ser de otro modo seguimos nuestra línea cronológica con Roma. Ante todo he de decir que el periodo de la hegemonía de los romanos es muy amplio, si bien el cine ha preferido centrarse en la etapa imperial de la misma.

El lector no puede evitar que le vengan a la cabeza las magníficas “Ben Hur”, “Cleopatra”, “Espartaco”, “Quo Vadis”, “Julio César” o la más reciente “Gladiador”, también podemos añadir la bastante más floja y sobrevalorada “La Caída del Imperio Romano” que desaprovecha de manera imperdonable un espectacular reparto y olvidemos siempre engendros como  “La Última Legión”.

Tengamos en cuenta que nos encontramos ante la mejor maquinaria bélica de la historia, el imperio más violento de todos los tiempos, pero también el más brillante, duradero y de huella imperecedera hasta el día de hoy. No en vano nuestra alimentación, derecho, lengua y modo de vida en general son esencialmente grecorromanos, añadiendo además que la parte griega, es por asunción de las costumbres de los helenos por parte de los descendientes de Rómulo y Remo en aquellos aspectos que estimaron convenientes. Es otra de las grandes virtudes de este magnífico pueblo, no tenían ningún rechazo hacia las culturas que conocían en su expansión sino todo lo contrario.

Volviendo al tema que nos ocupa en esta serie de textos, pasemos al análisis de los modos de combate que utilizaron los romanos y si estos son recogidos de manera fidedigna por las películas que los recrean.

 

EL EJÉRCITO ROMANO

Señalaremos algunos antecedentes para comprender cuáles son los pasos que llevan al que considero el punto culminante en la historia militar romana, y posiblemente mundial,  de cómo al mando de Julio César 500.000 legionarios sometieron a más de 3.000.000 de combatientes.

El origen de la Legión como base del ejército tiene una influencia clara de la falange griega, si bien el perfeccionamiento interno, cambios y permanente adaptación que realizaron los romanos, convierte a su legión en una creación totalmente novedosa y única.

Estos cambios en la forma de presentar las legiones al combate se debieron en la mayoría de las veces a las derrotas de las que los romanos sacaban provecho en forma de aprendizaje. Un ejemplo claro es la batalla a orillas del río Alia, donde se enfrentaron romanos y celtas (390 a.C), donde el modo de combate de estos últimos, basado en la escaramuza, el lanzamiento de proyectiles y posterior huída para poco después repetir el ataque, hacía inútil la formación en bloque hoplítica de los legionarios que disponían de mucha cohesión, pero poca maniobrabilidad. Definitiva resultó también la conocida derrota en las Horcas Caudinas, que fue, básicamente una emboscada exitosa en un valle de  los Apeninos a todo un ejército romano, cuya densa y lenta formación no pudo repeler.

Aparecerá la división en manípulos de  las legiones y será la nueva unidad táctica tras los episodios mencionados, conteniendo dos centurias cada uno para posibilitar una nueva división si fuera necesario. En la época de Polibio, había 30 manípulos en una legión, 10 de hastati, los legionarios más jóvenes, 10 de principes combatientes veteranos y finalmente 10 de triarii que son los combatientes más mayores en una tercera línea, estando por tanto una legión media formada por unos 3000 infantes pesados, teniendo cada manípulo entre 80 y 120 legionarios.

La operativa en el combate era enviar en primer lugar a los hastati, si estos no lograban dispersar al enemigo se retiraban lentamente y eran acogidos a través de huecos por los principes, que asumían la lucha y se repetía la maniobra en caso de fracaso dejando paso a los triarii. Esto no lo vemos con claridad en ninguna de las películas del género, en estas observamos a las legiones formadas cargando al tiempo y rompiendo la formación para entablar un combate uno a uno espada en mano, donde, casualmente, los líderes de ambos bandos eran capaces de localizarse y entablar combate singular si estorbo de nadie. El único atisbo de relevo en las legiones romanas, recuerdo haberlo visto en la serie “Roma”, donde en uno de sus primeros capítulos, en lucha contra los galos, a la orden de un silbato las líneas se renovaban permitiendo el descanso y refresco de los legionarios y fatigando al tiempo al enemigo desorganizado que no había entrenado esta maniobra.

Diferente es el caso por ejemplo de  la batalla de Pidna (168 a.C), en la que las legiones romanas se las vieron con la ya conocida por todos nosotros falange macedonia. Hemos pasado por alto el trágico episodio de Cannas pero que tengo intención de presentaros al final de este relato.

En Pidna, los romanos podrán descubrir cuál es el punto débil de las falanges macedonias. Éstas necesitan una cohesión inusual, avanzan como un solo hoplita con sus particulares y larguísimas lanzas (sarissas) que no permiten a enemigo alguno acercarse y llegar al contacto. Tampoco, cuando el cine enfrenta griegos a romanos presenta esta particularidad que además, desde mi punto de vista, bien dirigida nos daría una escena bélica inmejorable.


Manípulo romano.

Falange Macedónica.

El armamento del legionario romano, convierte a este en un combatiente muy versátil que, como veremos más adelante se sometía a una preparación completa en todo tipo de lucha. Tenían el pilum, una especie de jabalina que permitía su lanzamiento antes de esgrimir el gladius hispalensis versión mejorada de la falcata ibérica, arma de filo que conocieron cuando visitaron nuestras tierras y que, tened por seguro les dio más de un disgusto.

El falangista griego, tenían su hoplón, su sarissa y un pequeño puñal colgado de un cinto, pero no estaban entrenados para el uso del mismo, pues no estimaban probable su uso.

La lucha con espada estaba mal considerada  por muchos romanos, carecía del honor y de la grandeza del combate tradicional, además sus instructores salían de las escuelas de gladiadores, pero afortunadamente para las legiones, no se dejaron guiar por los conservadores y añadieron a la instrucción el combate con el gladius.

En Pidna, Perseo rey de Macedonia entonces, tras elegir enfrentarse a los romanos en una llanura entre un río y una elevación, cargó son sus falanges dejando el cauce a sus espaldas, sobre los manípulos romanos que veían estremecidos como tras el lanzamiento de sus pilum, cada legionario debía vérselas con 10 picas que lo aguijoneaban y herían o mataban. Protegidos con sus escudos ovalados, los legionarios comenzaron un preocupante retroceso, pues además, las sarissas los mantenían completamente alejados de cualquier posible contacto directo con los falangistas, y empujaban hacia atrás.

Cuando la situación parecía desesperada para el bando romano, estos comenzaron su retirada de espaldas a la colina, conteniendo cada vez con más dificultades a las falanges que amenazaban con romper la línea, provocar el pánico, la huida y posterior masacre con la caballería, inician el ascenso por un terreno más accidentado y escarpado que,  para su sorpresa impide a la falange mantenerse cohesionada.

A medida que se produce el ascenso la densidad de la formación griega disminuye y, a la orden de sus centuriones, los legionarios se infiltran en los huecos que se están produciendo en las falanges, comenzando una verdadera carnicería, pues los soldados griegos tienen un armamento que se muestra torpe con el enemigo que apuñala y corta con su gladius. Los falangistas no pueden contener a la ya inmensa cantidad de legionarios que, espada en mano van demostrando su destreza en el manejo de los mortales filos que ensartan y cortan (que era precisamente la novedad de la falcata, que hacía ambas cosas). El resultado, enorme derrota para los macedonios y además, superación absoluta de la falange, que se muestra inoperante en terrenos escarpados. Otro paso en la evolución del portentoso ejército romano que se impondría de manera definitiva a los helenos.

La revolución previa a la llegada de Julio César dentro de las legiones, la producirá su tío Mario, miembro al igual que el anterior de la facción de los populares en el Senado romano. El siete veces cónsul Mario, convertirá al ejército de Roma en la fuerza más efectiva y veloz (característica decisiva en las guerras de todos los tiempos) del mundo. Esta revolución comienza en la base misma de las filas legionarias y es que, el reclutamiento pasa a realizarse en todos los estratos sociales, incluyendo los más humildes, posiblemente más por razones políticas que militares, puesto que Mario era de origen relativamente humilde.

El paso de las clases más desfavorecidas a las legiones supuso que el estado tuviera que hacerse cargo de la uniformidad y el armamento de los soldados, asimismo, se pasó a la profesionalización del ejército y pago de un salario de manera permanente (soldada).  El hecho de que fuesen los generales de las legiones los que defendían los intereses de los componentes del ejército, hizo que este se sintiera mucho más identificado y representado por sus mandos, lo que conllevó una enorme adquisición de poder por parte de los jefes de las legiones. Mario, posiblemente de manera inconsciente, estaba cimentando la base del futuro Imperio.

 

LA BATALLA

Una de las cualidades más importantes del ejército de Roma, era su elasticidad. La posibilidad de disponerse en orden de batalla en un brevísimo espacio de tiempo, de saber cada uno cual era su posición en el combate en cuestión de minutos. Esto no lo vemos en el cine, aquí se presenta todo en combates en que los ejércitos se divisan a gran distancia, forman, se gritan, lanzan embajadas y llega el momento épico en que “el héroe” casi siempre en inferioridad numérica, arenga a sus hombres generalmente en un discurso democrático cuyas palabras podrían estar incluidas en cualquiera de las Constituciones o tratados de Derechos Humanos contemporáneos. Evidentemente esto no era así.

La mayor parte de las veces, Roma tuvo sus batallas contra los pueblos fronterizos fruto de emboscadas o asaltos a los campamentos por parte de los “bárbaros”. Otras veces sí daba tiempo a “la puesta en escena”. Pero los caudillos celtas por ejemplo, buscaron el ataque mientras los legionarios montaban su campamento, durante la noche o en plena marcha, emboscando a las columnas en travesía.

El avance de las legiones en todos los títulos cinematográficos es lento, esperando la carga enemiga, escudo con escudo, en cuadros perfectos y por ejemplo en Gladiator con la caballería escondida al otro lado del bosque para en una pinza aprisionar y machacar a la tribu germana en cuestión.

Tampoco están acertados en esto, y, realmente muchas veces me asalta la duda de por qué no se hace  correctamente, puesto que al menos en  los momentos iniciales, la escena ganaría en espectacularidad.

Una carga de una legión romana supone una carrera de los legionarios en dirección al enemigo para a unos 15m de este, lanzar los dos pila (jabalinas) primero uno ligero y posteriormente el pesado. Esta lluvia mortal, estaba perfectamente estudiada.


Detalle del punto de torsión de un pilum.

El impacto de los pilum tenía un efecto devastador. Tras la reforma de Mario, hay quien duda incluso en atribulo directamente al genial Cónsul, la lanza romana, tenía un tornillo  que en el momento del impacto, hacia las veces de “rodilla” del arma y esta se doblaba cumpliendo una doble función. Primero, hacerlo inutilizable para el enemigo, y segundo, dificultando en mucho, el manejo del escudo enemigo en el que quedaba fuertemente clavado, puesto que la parte del extremo, quedaba arrastrando en el suelo, generando la mayor parte de las veces que el adversario tuviese que arrojar su escudo.

Tras este primer impacto, llegaba la oleada de perfectos combatientes romanos, que cargaban empujando con sus escudos y clavando en el momento preciso sus gladius que sólo necesitaban clavarse 5 cm para hacer una herida mortal. Recordemos, que gran parte de sus enemigos, llegado ese momento, se encuentran sin escudo.


Legionario tras la reforma de Mario.


Como antes hemos comentado, la caballería, espera escondida en el ataque inicial de Gladiator sobre los germanos. Esto es bastante fantasioso por parte del magnífico Ridley Scott, no tan inexacto como la espantosa El Reino de los Cielos, pero de credibilidad muy limitada.

En primer lugar, un general romano, Máximo en este caso, no puede jugarse el tipo combatiendo en primera línea, puesto que su muerte supondría el advenimiento del caos y la desmoralización en sus hombres, sobre todo cuando se trata, según se nos muestra, de uno de esos líderes militares a los que sus hombres adoran e idolatran.

En la época homérica, en que la hazaña individual marcaba el curso de la batalla, si debía ser frecuente encontrar a los líderes en cabeza con riesgo para sus vidas. Pero la aparición de la falange y por tanto la necesidad de un mando técnico que ordene las maniobras y contrarreste las argucias del enemigo cambiará esto para siempre.

Son muchos los textos de tratados militares los que ensalzan la prudencia de los generales en la batalla, Filón de Bizancio, Polibio y Onasander, son adalides de este deber.

Esto no significa que en un momento determinado no se pueda realizar una hazaña personal que cimente la admiración y el liderazgo, pero en la mayoría de los casos, cuando un militar había llegado a general a lo largo de su carrera ya había participado en gestas suficientes. Es caso perfecto es el de Escipión el Africano, que gustaba de contar alguna de sus gloriosas hazañas a sus hombres antes del combate. No olvidemos que además en este caso concreto, todos consideraban a este general como un elegido por la diosa Fortuna.

Por otra parte, la caballería no tenía un papel tan decisivo como en la Edad Media, de hecho, Roma realmente durante mucho tiempo no tuvo caballería propia. Se trataba de una mezcolanza de pueblos aliados los que prestaban sus servicios en este cuerpo. No había cargas directas de caballería puesto que el armamento de esta no era suficientemente eficaz como para poder desplazar a una infantería de varias filas en sólida formación. Su papel principal era superar los flancos en la batalla o perseguir al enemigo batiéndose en retirada.

Un ejemplo claro de la caballería y su debilidad de entonces, lo tenemos en la batalla de Farsalia, donde el siempre genial César, esconde infantes entre su caballería con lanzas que se dedicarán a desmontar a los jinetes pompeyanos con una facilidad pasmosa.

En esta batalla, que decide el futuro de Roma, puesto que supone la imposición de César o Pompeyo y el final de aquella Guerra Civil, si jugó un papel definitivo la caballería germana de César, pero ésta movimiento clave fue precisamente el saber retirarse en el momento oportuno para dejar paso a la infantería que se ocultaba en la retaguardia. Posteriormente, una vez en fuga por la infantería de César los jinetes pompeyanos, la caballería del rebelde se reagrupará y cargará contra la retaguardia del ala izquierda de sus enemigos, porque si algo sabía Julio César es que a un soldado, lo que más le aterra es verse rodeado, si no hay donde huir, la muerte es casi segura, y morir en un combate a golpes y cortes, no es un futuro alentador, esto suponía el que los legionarios de Pompeyo buscasen huecos por los que abandonar el combate, romper la línea y como ya sabéis por los textos anteriores, perder la batalla.

Pompeyo no sabía que sus caballos se iban a enfrentar a infantería oculta, él los envió al combate contra los jinetes de César, pero este, en una de sus genialidades, había previsto perfectamente el plan descrito.

En definitiva, la caballería estaba para rodear y perseguir, pero nunca para un choque frontal.

 

CANNAS

No es este episodio el más brillante de la historia militar de Roma sino todo lo contrario. Además de atípico en algunos aspectos es insólito en sus consecuencias y el devenir de los acontecimientos pero es sin lugar a dudas la batalla más brillante de la Antigüedad.

Por lo anteriormente dicho y por ser una de las debilidades históricas del creador de Cineactual, Renji, que insinuó en una de nuestras últimas conversaciones que “podría contar el episodio de Cannas”, este texto sigue así:

2 de agosto de 216 a.C, en la porción de terreno que existe entre el rio Aufidio y  las colinas en las que se eleva la ciudad de Cannas avanza el mayor ejército que jamás conoció Roma para ser utilizado en una batalla. Más de 80.000 infantes, divididos en partes iguales entre legionarios y aliados italianos acompañados de una fuerza de caballería de unos 2.400 jinetes romanos y 4.000 aliados avanzan en formación de combate. Sus generales son el belicoso Terencio Varrón y el más cauto Emilio Paulo. Por aquel entonces, estos jefes tenían el cargo de cónsul.

Tienen un mandato claro del Senado Romano, terminar con la temible amenaza que campa a sus anchas por la península itálica propinando una derrota tras otra a toda fuerza que se interponga a sus planes de invasión. Se trata de Aníbal Barca. Este brillante táctico, hijo del también genial Amílcar juró en su infancia a propuesta de su padre “odio eterno a Roma” y estaba en pleno cumplimiento de su compromiso.

Cartago era una potencia comercial y militar situada en el norte de África. Era además un peligro directo para la hegemonía Romana. Ésta estuvo algunos años a salvo tras la derrota de los norteafricanos en la 1ª Guerra Púnica, pero este periodo había terminado. Habiendo dado el salto a la península ibérica, sitiando y atacando Sagunto, aliada de Roma, proporcionó a esta última un casus belli para iniciar la segunda confrontación entre cartagineses y romanos. Pero sorprendentemente, Aníbal cruza con su ejército en el que contaba entre otras cosas con elefantes (que no utilizó en Cannas por cierto), la distancia entre Hispania e Italia pasando entre otros obstáculos por los Alpes, célebre e inmortal viaje, llevando la guerra muy cerca de Roma.

El punto álgido de esta guerra, la batalla decisiva,  se produjo en esta llanura a orillas del río Aufidio.

Aníbal Barca, tiene a su mando una dotación militar de lo más variopinto. Por un lado encontramos en las filas del cartaginés a 10.000 falangistas libios, que tienen el mismo armamento y forma de combate de la falange macedónica, las largas sarissas y escudos redondos que ya vimos cuando hablamos de Alejandro Magno.

Por otra parte estaban las tropas reclutadas en la península Ibérica y los celtas de las Galias. Los primeros, en número de 7.000, fieros infantes con armamento pesado y un fanático sentido del honor que conlleva no abandonar jamás su puesto en el combate y lealtad sin límite a su líder. Lo que se conocía como la devotio ibérica, veremos que Aníbal la supo aprovechar con creces. Armados además con las temidas falcatas ibéricas eran temibles combatientes en la lucha individual.


Falcata íbera.

A estos guerreros les acompañaban entre 20 y 25.000 celtas, de las Galias, menos disciplinados que los íberos pero fieros y desafiantes guerreros. Muchos de ellos combatían sin armadura, con el torso desnudo como muestra de su habilidad en el combate y en consecuencia, al finalizar la batalla, son la parte del ejército cartaginés que más bajas ha sufrido.

La caballería de Aníbal estaba formada por jinetes númidas, procedentes de Libia, que cabalgaban un animal muy peculiar procedente de su tierra, el poni númida, un pequeño corcel, rápido y manejable ideal para la táctica de hostigamiento que realizaban estas unidades, cuya especialidad era arrojar jabalinas al enemigo y provocar el desorden con rápidas y evasivas maniobras. Se calcula la presencia de unos 4.000 númidas.

La otra parte de la caballería era íbera y celta que serían unos 6.000 efectivos, armados para el combate cuerpo a cuerpo.

He de destacar también a los temibles honderos baleares que dieron con sus precisas piedras (más que las flechas aseguran algunos) muchos problemas a las formaciones romanas.

Es decir, se encontraban unos 86.000 efectivos romanos (16 legiones) frente a menos de 50.000 del ejército de Aníbal.

El perspicaz general cartaginés, se había percatado de que la falange macedónica, ya no era efectiva frente a las maniobrabilidad del manípulo romano (se da cuenta mucho antes de que tenga lugar la batalla de Pidna a la que antes hemos hecho referencia). Entonces decide que el centro del frente, que es donde se producen los combates más importantes, va a corresponder a la infantería ibérica y celta. Los despliega en una formación convexa de media luna. A cada uno de los flancos de esta formación curva, pero más retrasados, sitúa a los falangistas libios y en los extremos sitúa a la caballería.

Por su parte, los romanos despliegan una formación “de manual”, que era precisamente lo que no tenían que hacer, puesto que era demasiado predecible. Con una circunstancia agravante. Sabedores de su abrumadora superioridad numérica, disponen a las legiones en un frente corto con mucha profundidad, basando toda su táctica en una embestida brutal contra el centro de las líneas cartaginesas que se verían arrolladas con semejante avalancha humana y emprenderían la huída. Sitúan a su vez a su caballería en ambos flancos.

Tras las escaramuzas iniciales, comienzan las cargas de la caballería. Aníbal ordena el ataque de los jinetes númidas que se lanzan desde el flanco derecho contra la caballería  de los aliados italianos que ven con estupor una lluvia de jabalinas (cada jinete portaba varias) que los pone en fuga irremediable ya que tras varios intentos de acercamiento para tener contacto con los númidas cualquier aproximación se ve frustrada por las hábiles maniobras evasivas de estos que además huyen, se reagrupan y vuelven a la carga con las jabalinas de nuevo surcando el cielo.

En el flanco contrario, Aníbal ha aprovechado la única ventaja numérica de que va a disfrutar en toda la batalla, ya que ha ordenado el ataque total y devastador de los jinetes galos e ibéricos mandados por Asdrúbal que sumaban unos 6.000 frente a los 2.000 de los romanos en aquel flanco, que evidentemente se ponen en fuga perseguidos por los cartagineses.

Esta derrota de la caballería no parece preocupar al bando romano, puesto que confía en su devastador ataque de infantería que comienza en cuanto se encuentran a la distancia óptima para los primeros lanzamientos de pilum, que ya vimos anteriormente en este mismo texto, y posterior carga espada en mano contra el centro de la línea convexa cartaginesa. Desgraciadamente para los intereses romanos, esta disposición no era caprichosa. Esta línea estaba adelantada para atraer hacia ella el ataque principal de las legiones, impacto que aguantan a duras penas. Pero la magnífica disciplina y buen hacer en el combate de los ibéricos y celtas que ocupan esta parte de la formación, sostienen el combate tal y como su general les ha ordenado. Sus instrucciones son claras, ante el empuje romano, la línea cartaginesa, poco a poco y ordenadamente, pasará de ser convexa a convertirse en cóncava. Los romanos, han previsto estar combatiendo si es necesario todo el día, ya que utilizaban el sistema de relevos que mencionamos anteriormente.

Imaginemos la imagen, la brutal embestida de 80.000 legionarios y aliados contra el frente de 30.000 galos e íberos que van retrocediendo, aguantando con sus escudos el impacto de los scutum romanos cuyo empuje es prácticamente imparable, y por ello, retroceden con orden y valentía sin dar la espalda al enemigo, alentados por el mismo Aníbal que arenga y anima a sus hombres cabalgando y recorriendo toda esta línea que sostiene tan brutal combate, pues fue esta su posición en la batalla, en el día más glorioso de su vida.

Los romanos no parecen darse cuenta de lo que está sucediendo, continúan el empuje, que a decir verdad, no podrá durar mucho más, puesto que la línea cartaginesa ya se resiente, pero en el furor de la batalla, no se percatan de que el retroceso ordenado de las líneas de Aníbal ha superado ya a las falanges libias que están ahora en los flancos romanos, que están completamente descubiertos puesto que su caballería ha sido puesta en fuga. Llega el momento crucial en que Aníbal y su hermano Magón ordenan a las falanges volver las picas contra los flancos de las formaciones romanas, que siguen entrando en esta bolsa que les ha preparado el genial cartaginés, puesto que la inercia de 80.000 hombres cargando en una misma dirección no es algo fácil de detener.

Se encuentran por tanto rodeados por los flancos, las falanges empiezan a comprimir el espacio donde se encuentran los romanos y la retaguardia de estos (única vía de escape que les restaba), se ve atacada por la caballería de Asdrúbal, que en contra de lo que dicta el instinto, abandonaron la tentadora persecución de los jinetes romanos, volvieron grupas y cargaron contra la retaguardia de la infantería romana. Todo está decidido.

Cuando ya la embestida romana ha cesado, sobre todo por falta de espacio y apelotonamiento de los legionarios, comienzan a comprimir al unísono los galos e íberos en el frente, las falanges libias por ambos flancos y la caballería por la retaguardia, de manera que los legionarios se encuentran aplastados por sus propios compañeros, muchos mueren pisoteados, machacados por la presión, fracturas, extremidades aprisionadas con su propio escudo o el del legionario que tienen a su lado…

Un legionario romano, necesita un par de metros para poder combatir, llegado este punto, como podéis imaginar, combatir no era su mayor problema puesto que apenas podían respirar. Comienza entonces la masacre de un ejército en combate más sangrienta de la Antigüedad. Los galos e íberos por un lado con sus hachas y falcatas, los falangistas que aplastan con sus escudos al tiempo que ensartan con sus picas y la caballería que cierra la retaguardia, desmonta y se lanza con sus armas de filo.

La matanza duró todo el día, no hubo retirada como en otras batallas, porque no había salida, esperaban el turno de ser aniquilados, la mayor dificultad que encontraron los cartagineses eran las molestias que en el lento avance-compresión, ocasionaban los cadáveres romanos con los que tropezaban.

Aníbal perdió ese día 8.000 hombres. Roma más de 50.000, además de 10.000 prisioneros, supongo que capturados en el centro la masa aplastada, a los que ya, al final del día permitirían vivir.

Murieron los dos cónsules, cientos de  nobles, 7.000 ciudadanos romanos (que era un status minoritario), un verdadero varapalo, las repercusiones sociales fueron tan abrumadoras, que tuvieron que permitir la entrada en el ejército para las campañas posteriores a campesinos y esclavos, además de comenzar a ascender a los legionarios veteranos  para suplir los mandos perdidos.

Se trata de la mayor derrota de Roma en toda su historia.

Aníbal, no obstante no supo vencer en la 2ªGuerra Púnica. Si tras la victoria en Cannas  se hubiese lanzado contra Roma, puesto que nada se interponía entre la Ciudad Eterna y él, probablemente hubiese cambiado el curso de la historia, pero perdió excesivo tiempo en Capua de “vacaciones” y dio tiempo a Roma a preparar otro ejército que se lanzó directamente a Hispania a atacar la línea de suministro de Aníbal, el cual tuvo que regresar rápidamente, abandonando parte de su ejército en la península itálica. Una vez en Hispania, se encontró en Zamma con Escipión el Africano que derrotó a Aníbal en otra épica batalla, donde el genial romano, entre otras cosas espantó a los elefantes que utilizó el cartaginés en este combate, haciendo sonar todas las trompetas al unísono, provocando la estampida de los elefantes que aplastaron las líneas propias.

Se cuenta que El Africano y Aníbal tuvieron un encuentro poco antes de la muerte de este último y que el romano preguntó al cartaginés sobre cuáles eran a su juicio los tres mejores generales de la historia, a lo que Aníbal respondió “Alejandro, Pirro y yo”, Escipión sorprendido preguntó “¿Y si me hubieses vencido en Zamma?”…el ya viejo general, supongo que recordando todo lo acontecido, viajando por un momento a la llanura de Cannas, con su mente en el 2 de agosto de ese ya lejano 216 a.C, el día que lo consagró como uno de los mejores militares de la historia, dijo: “Me hubiese nombrado yo en primer lugar”.

Guillermo Díaz para
www.cineactual.net

  • Manu

    Hola! He descubierto recientemente la web y en concreto la sección de reportajes. Me gustaría felicitarte, Guillermo, por el texto. Comparto el gusto por la historia, en especial la Greco-romana y por las grandes batallas y hazañans militares.
    Te animo a que sigas escribiendo y te aventures con nuevas batallas y formas de combate y si el cine las ha reflejado fielmente, o no. Un saludo